Encuentro y duración con los muertos
Eres el cementerio.
Los muertos no yacen
debajo de la tierra.
No están ocultos
en una sábana de grama
pero sí bajo tu piel.
Tus venas son
calles donde los muertos
pasean, despreocupados,
y en vacaciones recorren,
turistas de lo eterno,
los museos del éter.
Y en viejas tierras
de tu memoria
almas veranean.
Hijo mío, vivir
es comerciar
en el mostrador de los muertos.
Es en encontrar en el suelo
el botón caído
de un viejo abrigo.
Los difuntos viven
alejados de sus huesos,
ocultos en las lágrimas
de los vivos que lloran,
o también en el rocío
del ramo de flores.
Muertos continúan
vivos, siempre amados.
Vivir es protegerlos
de los gusanos que los comen,
de la hierba que los recubre,
de la nada infinita.
Cerrado el ataúd,
sujetas las asas,
el muerto se evade.
En verdad un muerto
nunca está enterrado.
Vuelve con los vivos
de su entierro,
dejando en la tumba
el polvo de noviembre.
Por eso despertamos
en las noches oscuras
sitiados por muertos.
El padre muerto da
pequeños consejos
a su afligido hijo.
Y la madre muerta viene
y arrulla, en la noche,
al hijo barbado.
(El niño eterno
que cualquier madre muerta
carga consigo).
En esa parcela
que es tu memoria
las figuras perentorias
te hablan del viento:
tu parentela
desfila, andariega.
Sé fiel, hijo mío,
a tu prosapia.
Honra a tus muertos
(como el marinero
respira la ola desnuda
en la entrada al puerto).
Mientras vivas
que te cubra la caliza
de todos los muertos.
Escucha lo que te digo:
está muerto el vivo
que olvida a sus muertos
y los sepulta en sí,
enterrándolos, vivos,
en una tumba íntima.
Una vida eterna
se sucede en la tierra,
de padre a hijo.
Más que en la sangre,
en la vaga semblanza
o en el apellido
el padre continúa
compañero de la vida
en el hijo varón.
En el hijo legítimo
que vuelve domingo
el lejano día
y da vida a la muerte.
Siendo hijo, es el padre
cuando era niño.
Traducción: Eduardo Cobos.