Primero fue el interés

 

Primero fue el interés-peces-gordos

 

Antes de mover un dedo, primero fue el interés. Más tarde vino la “gran idea” y, obviamente, el cómo y el dónde. Fijado el lugar, se busca con quiénes.

Mientras bate un güisqui 18 años, un señor con la barriga un poco a reventar, decide llamar a un par de compadres, que también deben estar bebiendo güisqui o tal vez estarán en el spa.

 

      Aló! Qué fue, compadre!

      Compadre, ¿quí hubo? Oiga, ¿quiere ganarse una platica?

      Claro, compadre, ¡escúpa!

 

Ganado el socio, el otro que pondrá los biyuyos, viene el soborno, para adquirir a costa de quien sea, o el recurso natural o parque nacional que sea, el terreno necesario para que crezca el negocio. Entonces se llama al alcalde de turno.

      ¡Aló! Compadre, ¿cómo me le ha ido? Mire, tengo una vaina buena por ahí…

      ¡Épale! ¡Compadre, tanto tiempo! Yo lo hacía por Aruba todavía, con la carajita esa, la cachetona… Dígame, ¿pa’ qué soy bueno?

      Después le cuento lo de la pelaa esa, pasé un buen susto con mi mujer, pero, como dicen, a un buen gusto… Mire, compadre, el negocio es este…

Asegurado el terreno, se llama a una constructora, pero no cualquiera, sino la de un  compadre, claro. Rápidamente se llega a un acuerdo, sin arquitecto ni nada. 19 pisos; 6 departamentos por cada uno; dos ascensores; los materiales bien baratos que los consigue el Portu, allá en Maracaibo; y la mano de obra de siempre, de siempre salir jodida y mal pagada. Hechas estas llamadas “tácticas”, a fajarse.

Imaginemos que este procedimiento, este bissness, entre estos dos o tres compadres, se multiplica y se multiplica, y que muchos compadres llaman a otros compadres para hacer lo mismo. Pues, de esto modo nacen lo que entendemos como urbanizaciones, complejos residenciales, sectores, o como le quieran llamar.

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Entonces hacen su aparición los créditos y sus hijos, las deudas. Miles de pretendientes contraen matrimonio con ambos, y tienen a su vez otros hijos: la angustia, el chuleo y el suicidio. Pero antes de parir a este último, se vive, o se padece en el engendro vertical que hicieron, ¿quiénes? Pues, los Compadres.

En casi todos los apartamentos clase media pa’ bajo, es ley que los ascensores sólo sirvan a fin de mes, y una que otra Semana Santa, tal vez por intervención divina de la Iglesia, o por  algún otro ente supersticioso o sobrenatural. En algunos, las filtraciones no sólo son de agua nomás, sino de repollos y zanahorias rebanaditas, chicles Adams, y hasta excremento, lo cual hace un licuado cuyo olor y color son indescifrables, aún para el plomero más experto. Pero, para hacer del ambiente más agradable, los mismos residentes decoran los espacios, como la entrada, las escaleras, el estacionamiento, los ascensores, con botellas de licor, cajas vacías o llenas de más cajas, y dentro de esas cajas más botellas de licor o latas de cerveza. Ante este panorama, surgen los conciliábulos de la tercera edad, esa especie de ancianatos disfrazados que son las juntas de condominio. Y ahí se caen a dentelladas, con lo que les queda, y tumban desde presidentes, hasta vigilantes famélicos con 7 muchachos famélicos también, a los cuales se les acusa de robo de carros y violación, y ni siquiera tienen la tabla del monopatín, pero sí tienen 3 mujeres.  De estas sectas urbanas, salen las doctrinas que regirán la vida de los habitantes en los apartamentos. Y como dogmas en los que nadie reparará luego, ni hablar de los Compadres, es pegado en la entrada del apartamento el papelito que versa: “ya sabemos quien es el que se orina en el ascensor, si lo hace de nuevo, tendremos que tomar medidas” o, “se lo pedimos por última vez, a los padres de los jóvenes (que ya son todos unos viejos) que beben hasta tarde en las adyacencias del edificio, que por favor dejen de hacerlo porque interrumpen el sueño de los vecinos”.

Ya llegado a este nivel el asunto, aparecen las viejas engreídas que no pueden faltar: la rabia, y su hija predilecta, la cascarrabias. Y ambas se pasean con holgura en la cara de todos los residentes que viven, porque es imposible decir que conviven, en los apartamentos. Y precisamente, porque no se convive, nace un ser que es muy curioso, y que le gusta hablar de todo el mundo, el rumor. Entonces cualquier mujer, soltera o no, es puta, o le pega a su hijo o a su novio o lo que tenga. Y cualquier inmigrante es asesino, o jíbaro o huele algo, y como este país es un paraíso para cualquier tipo de bichos, chacales, o destripadores, echan raíces aquí. Ante semejantes rumores  que vuelan más rápido y son más letales que un F–16, las Multi Lock han hecho un imperio. Tal vez no haga falta mencionarlo, pero ya se deben imaginar que el dueño de la Multi Lock, es otro Compadre.

Pasados los años de los años, los hijos de aquéllos Compadres que hicieron su negocito, ya son grandes y tienen “grandes ideas” también, como sus padres. Pero recuerden, primero fue el interés.

 

Autor: Miguel Guédez

 

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