Diálogo a media luz.

En un café, a media noche, la luz falla y se apagan las lámparas, entonces es hora de la media luz, de la dúctil luz, de las velas.

 

El. –Quedémonos. Te veo mejor así.

Ella. –Por qué, por qué prefieres verme así, si no hay casi luz.

El. –Porque en la luz eres evidente, pero en la oscuridad debo buscarte, perseguir y completar tu figura con mi imaginación,  y me gusta así.

Ella. –A mí no, no me gusta,  yo quiero verte, sentir que estás ahí, que eres palpable para mis ojos.

El. –Que me veas no significa que estoy aquí. En la penumbra yo sé que estás aquí, porque te busco con mi emoción, no con mi pensamiento, te busco con mi alma, no con mis sentidos.

Ella. –Suena bien, pero yo prefiero verte. Ver tus ojos abrirse y cerrarse sobre mí; ver tus labios desearme, desear los míos.

El. –El cuerpo es una extensión del alma, si logro sentirte con el alma, el cuerpo, al sentirte, flotará, será ingrávido, como el aire, como el amor, que está en todo, lo que tocas y lo que no.

Ella. –Yo no sé si tengo alma. Dame tu mano. Al tocarte, sé, sé quién eres, sé que tus manos están vivas, me transmiten tu amor.

El. –Cuando sientas mi alma, desaparecerán tus manos, tus ojos, y olvidarás mis manos, mis ojos, y sentirás que te abrazo, que beso el océano dentro de ti, que desemboco en él, y me vierto en él, como un río sin fin.

Ella. –¿Cómo puede haber un océano en mí?

El. –En ti hay océanos, galaxias, animales desconocidos, risas no reídas aún; en ti hay todo, lo que habrá de nacer y todo lo perdido.

Ella. –¿Y en ti qué hay?

El. –En mí estás tú, y como estás tú, está todo lo demás. Sin ti soy un mar sin olas, un ave sin nido, un pobre hombre de madera que nunca alumbrará.

Ella. –Esa luz es lo que yo quiero, la que tú me das, sin ella no veré el océano, las galaxias…

 

Ella cierra los ojos, él también, y en la inmensa oscuridad del amor, se encienden sus corazones con un beso. Fuera de ellos, ha llegado la luz en el café, pero ya nadie podrá arrebatarles ese instante insondable, como el abismo de un ciego.

 

Autor: MIguel Guédez

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