He bebido con Charles Bukowski

charles_bukowski

Conocí a Rafael hace unos 9 años, una tarde que fui a no sé hacer qué al Ateneo de Caracas. En esa época él vendía panes  caseros, a los que agregaba como aderezo, un poema impreso dentro de la bolsita. “Esa es la magia”, decía, “darle a la gente algo especial, así llenan la barriga y el espíritu al mismo tiempo”. A pesar de eso, Rafael nunca cargaba un medio encima, y siempre estaba drogado y borracho, o a punto de drogarse, o saliendo de una borrachera, en fin, siempre estaba en transición. Alguien me lo presentó: “Miguel, este es Bukowski”. Recuerdo que me impresionó ver a ese flaco chupado por la noche y la coca. Llevaba siempre el mismo jean negro y el pelo ensortijado colgándole hasta la correa. En vez de caminar, se desplazaba dando una especie de brinquitos con cierta agilidad y soltura, no se parecía en nada al Charles Bukowski que yo conocía, salvo por lo demacrado.

Esa misma noche fuimos a tomar unas cervezas y comprendí por qué lo llamaban como el poeta nacido en Alemania. A Rafael no le gustaba que lo llamaran Bukowski mientras estaba sobrio, pero cuando se entonaba, su alter ego cobraba vida. Esa noche nos contó una anécdota de Bukowski: “Una vez estaba Charles en una barra, solo, como siempre, y llegó un amigo. ¡Charles, Charles! Qué coño quieres, le preguntó Bukowski sin mirarlo, porque estaba viendo algo en su cerveza. Charles, al fin tengo el apartamento que quería. Tiene un salón inmenso, una vista del carajo al mar, y mucha ¡paz!, ¡paz!. ¡Ahora sí voy a crear! Bukowski volteó y lo vio fijamente con total sequedad, y le respondió: Nooo, nené. Aire, tiempo, espacio y luz, eso no lo necesitas para crear. Tú vas a crear cuando tengas a los 5 muchachos encima de ti pidiéndote la comida; vas a crear cuando llegues borracho de madrugada y tu esposa te esté esperando al final de las escaleras; vas a crear cuando te asomes por la ventana y veas el infierno que hay ahí afuera. Nooo, Nené. Aire, tiempo, espacio y luz, eso no lo necesitas para crear”. Así terminó Rafael ese cuento sobre Bukowski. Todos en la mesa asentimos con la cabeza, en silencio, y Rafael alzó su cerveza y exclamó: “¡Bebamos, porque no sabemos que será de nosotros cuando nos echen del mundo!”. Todos alzamos las cervezas y bebimos y bebimos, no para emborracharnos, “sino para olvidarnos del mundo” como dice Charles… Charles Bukowski.

 

Otra tarde, siempre por los alrededores del Ateneo, volví a conseguirme a Rafael, y comencé a entablar más amistad con él. Ese día no había vendido ni un pan, como que toda la gente había salido comida y leída, algo insólito, me dijo.

 

–      Rafael, ¿tú qué haces durante el día, de qué vives? –le pregunté.

–      De nada marico, yo soy un vampiro, salgo sólo por la tarde. Odio el día.

–      ¿Esos panes no te deben ayudar mucho para vivir, verdad?

–      Tú eres pendejo, claro que no. Siempre tengo que dormir donde caiga, en una plaza, en alguna pensión de mala muerte, o a veces me consigo a algún pana por ahí y terminamos emborrachándonos en su casa. No gasto en nada, y tampoco me interesa comprar nada.

–      ¿Y qué hay de bueno hoy por ahí?

–      Beber, qué más. Oye, bríndame unas cervecitas ahí pues. Vámonos pa’ el Tercer Mundo a ladillar a los chinos esos.

–      Vamos pues.

 

En el camino, yendo hacia Los Caobos, Rafael saludó a un latero que estaba hurgando un montón de basura; le dio la mano al dueño de una peluquería que estaba cerrando, y se abrazó con varios de los que bebían en la licorería que está frente a la CTV. Me presentó a varios borrachitos, y luego de beber un par de cervezas con ellos, dimos unos pasos más y llegamos al Tercer Mundo. Como cosa rara, en ese restaurant chino no había pecera. Extraño, ya que los chinos suelen tener peceras siempre cerca de la caja, porque, según ellos, trae abundancia, riquezas. Pero lo que sí abundaba en ese restaurant, atendido por unos chinos famélicos,  era la miseria humana. Y allí entramos nosotros. Rápidamente invocamos la poesía. Yo saqué algunos libros y los coloqué donde debían ir los platos, en los puestos que sobraban. Uno era de Rimbaud y el otro de Juarroz. “Así nos acompañan los maestros”, dijo Rafael. Pedimos dos cervezas y comenzamos a leer algunos poemas, mientras esperábamos  a que entrara alguna chica. Así que leímos  y leímos y comentamos y bebimos y esperamos, y nada. De tanto en tanto, cuando  Rafael reconocía un poema que le gustaba, se paraba en la silla y lo recitaba para todos en el bar. Con una mano sostenía la botella y con la otra el libro;  la borrachera se la sostenía el poema. Él sabía proyectar la voz. Me había contado que desde los veinte años hizo teatro, y que la cuestión de la voz era saberla colocar, direccionarla, no gritar, como  ensañan en las escuelas, para que te escuchen hasta en la última fila. Cuando leía, la atención era total en el bar. Y así seguimos hasta que nos bebimos todo el  dinero que llevábamos encima, o, mejor dicho, todo el que yo llevaba.

Ya era de madrugada cuando salimos del Tercer Mundo, y fuimos camino a no sé dónde, hasta que a Rafael se le vinieron unas ganas incontrolables de ir al baño. “Coño, ¿y ahora?”, me pregunté. “Bueno, vamos al Hilton, ahí no hay problema”, le dije. Así que fuimos para allá, y no sé cómo dejaron pasar a dos borrachos bien borrados en ese hotel de lujo. Esperé a Rafael en el Lobby, y cuando llegó, vimos un movimiento extraño en alguno de los pasillos. Eran eso de las tres de la mañana ya. Y caminando por el pasillo a Rafael le entró esta vez fue el espíritu de Artaud. “Dios me salve, de Bukowski a Artaud”, me dije. Y empezó a desdoblarse teatralmente y a recitar: “el mundo ha decidido vivir en la defecación, donde huele a mierda huele a ser…” Y por ahí se fue. De pronto estábamos en frente del salón principal de fiestas. “¿Qué estará pasando aquí?”, le pregunté. “No sé. Vamos a ver”, me dijo. Y en eso salieron con tremendo alboroto una pareja de jóvenes elegantemente vestidos. Ella le pegaba golpecitos en la cara a él con un condón inflado. “Esto debe estar bueno”, le dije, y entramos. Fuimos directamente a la mesa de los tragos, y agarramos cada uno una copa de vino blanco, que era lo que había. Nos mezclamos entre la multitud que bailaba y parloteaba desaforadamente. Mientras bebíamos, hicimos como que buscábamos a alguien, pero fue a nosotros a quienes nos consiguieron. Un seguridad nos preguntó si estábamos invitados. “¿Qué crees?”, le preguntó Rafael. “¡Vamos, vamos, para afuera!”, nos dijo el seguridad. Y nos sacó por una de las puertas, pero nosotros volvimos a entrar por otra que estaba a unos pocos metros, y nuevamente nos mezclamos entre el bululú. Ahí fue cuando nos dimos cuenta qué demonios estaba pasando. Estábamos metidos en un lanzamiento de una nueva marca de condones. La gente borracha jugaba a inflarlos, a reventarlos, y a hacer todo tipo de muecas sexuales. Nos sorprendimos de lo que veíamos, y para entrar en sintonía nos fuimos a buscar par de vinos más. Pero en eso volvió el seguridad: “¡Ey, ustedes!”. Nos hicimos los que no escuchamos y seguimos caminando. Pero el tipo era insistente. “¡Ey, ey, pajaritos! ¿yo no los acabo de sacar?”. “¿A nosotros?”.

En fin, terminamos en la calle otra vez. Yo agarré un taxi y fui a mi casa, y Rafael probablemente habrá terminado en otro bar, o en algún burdel, o en alguna plaza. A los meses me contó que después de que me fui, se encontró a otro amigo, a Armandito, y juntos se fueron a recorrer los bares de toda la Avenida San Martín a eso de las 4 de la madrugada. Vieron toda clase de homosexuales intentando hacer todo tipo de cosas heterosexuales. En cada bar bebieron, se drogaron, maldijeron el mundo. Hasta que llegaron a un burdel,  y en la entrada estaba una hermosísima morena desnuda, tan exuberante como si la hubiera hecho el propio Narváez. Y Rafael no aguantó y se tiró al piso a besarle los pies de nubes. Luego subió a los tobillos que besó repetidas veces con adoración. Así siguió hasta lamer sus muslos al tiempo que le decía toda la poesía que se le podía decir a ese fenómeno de la naturaleza. La tocó como si fuera un origami hecho con papel cebolla. Trepó por su sexo, se perdió en su ombligo. Inhaló todo lo que pudo su esencia como si fuese la quintaesencia de los aromas, mientras seguía diciéndole todas las alabanzas que se merecía esa reina de la noche. Escaló sus senos como magnolias, hasta llegar a su rostro, su rostro que estuvo indiferente todo el tiempo. Ella lo miró fijamente y en seco a los ojos. Después continuó mascando animosamente el chicle que tenía en la boca, y se llevó un cigarro a las gruesos labios rojos, aspiró y soltó una bocanada sobre su rostro, y le dijo: “Oyeee, amol, esto que estás tocando cuesta real, ¡oyistes!”. Y luego volvió a aspirar su cigarro y mascar su chicle.

Nos reímos bastante de ese asunto, y después nos fuimos al Tercer Mundo a refrescarnos un poco con una POLAR. Ya en el restaurant, Rafael quería decirme una buena noticia. “A ver, ¿de qué se trata?”, le pregunté. “Bueno, no me vas a creer, pero me dieron trabajo en una academia de modelaje en la Baralt”, me dijo. “¡Carajo! Esto era lo que faltaba, y qué, ¿ahora eres profesora de muñequitas, tú que eres tan feo?”, le pregunté. “Tú sabes que yo soy actor, y eso es lo que hago ahí, actuar, meterles la coba de que les puedo servir de algo, y ellas, como no saben nada de nada, se lo comen todito”, dijo, y en eso nos trajeron las cervezas. Y, como ya se estaba volviendo costumbre, las alzamos, y emocionados soltamos a coro: “¡bebamos, porque no sabemos qué será de nosotros cuando nos echen del mundo!”.

Calmada la sed, seguimos conversando.

 

–      Tú sí que inventas vainas raras Rafael.

–      Yo no invento nada, marico, la vida lo mete a uno en estos vericuetos, chamo. Tú no sabes todo lo que he vivido.

–      No tengo ni idea, tú tienes casi cincuenta y yo 23.

–      No has vivido hasta no haber estado en una pensión de mala muerte.

–      La verdad, no, no he vivido en una pensión de mala muerte nunca, pero, ¿por qué dices eso?

–      Escucha lo que el viejo Charles sabe.

Rafael comenzó a recitar de memoria el poema Pensión de mala muerte.

 

no has vivido

hasta no haber estado en una

pensión de mala muerte

con nada mas que una lamparita

y 56 hombres apretujados en catres

y todo el mundo roncando a la vez

y algunos de esos

ronquidos tan profundos y

tan bastos e increíbles…

oscuros, carrasposos,

infrahumanos, resollantes

del mismísimo infierno

parece como si

se te partiera la cabeza

entre esos sonidos de muerte

y los olores entremezclándose:

medias sucias y rígidas y

calzoncillos con orines y excremento

y por encima de todo eso

un aire que circula lentamente

muy parecido al que emana de los

cubos de basura destapados

y esos cuerpos en la oscuridad

gordos y flacos y encorvados

unos sin piernas sin brazos

otros sin cerebro

y lo peor de todo:

la total ausencia de esperanza

los envuelve, los cubre totalmente

no se puede soportar

te levantas

sales

caminas por las calles

subes y bajas aceras

pasas edificios

doblas la esquina

y vuelves a subir

la misma calle

pensando

todos esos hombres

fueron niños una vez

¿qué les pasó?

¿y qué me pasó a mí?

está oscuro y hace frío ahí fuera

 

Todo el bar estaba en silencio cuando Rafael terminó de recitar el poema de Charles Bukowski. Algunos llegaron a gritarle a Rafael, “¡Bravo, Charles!”. Y un borracho que estaba conmocionado en la barra, le dijo al chino famélico que atendía: “Chino, dale una fría a Bukowski”.

 

Escrito por MIguel Guédez

Una respuesta a He bebido con Charles Bukowski

  1. Chepo dice:

    He bebido con Charles Bucoski es el vivo retrato de lo que somos,ausencias y esperansas,entre lo que no somos pero que no terminamos de ser,entre lo que encontramos y no terminamos de buscar.

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