Una vieja y canosa deuda pendiente

Cárcel de Yare

Escrito por Alberto Alvarado

“El ruso”.

guarintoyo@hotmail.com


 Me sentí  atropellado,

cual piedra que arrastra el río 

porque no la ve. 

      Eduar Alcalá. 

¡Agua educativa que entra pa’ la torre! Viene caminando un catire rumbo a la cana. “Cosa tan extraña, qué color tan raro”; el varón muy comeflor llega con su morral:

– Buenas muchachos, estoy aquí con la intención de realizar un taller de producción audiovisual –dice el catire al entrar al pabellón y ser rodeado cual ratón evaluado  en laboratorio (la observación es minuciosa)-.

      Luego de un silencio (bastante incómodo),  un muchacho con treinta veces más golpes que edad (la cifra no es azarosa, había contado las puñaladas y los tiros recibidos), apodado “El Mancuso”, pregunta:

-¿De dónde eres tú?

-soy de Caracas –comenta el catire y sigue hablando del interés del taller, hasta que el Mancuso lo interrumpe…

-¡Pareces ruso!

      Al quedársele viendo fijamente al catire, vuelve a irrumpir en el tema sobre el taller, para decir:

-Si eres caraqueño tienes que ser un chiquiluqui de esos de las Mercedes.

     Todos comienzan a reír, cuando de pronto el catire (que ya había dicho su nombre, aunque ruso quedó), saca la última reserva de voz que conservaba para dejar a un lado esa discusión y responde:

-¿Tú  crees que si yo fuera un chiquiluqui estuviese en esta mierda de recinto para traer un poco de solidaridad?

      El Mancuso se sentó y se quedó a escuchar lo que tenía que decir aquel catire, mucho menos comeflor y más comprometido que quince minutos antes de entrar al penal. 

      Y así comencé la confrontación espiritual de trabajar en la cárcel; con todos  los chacras balanceados, fui digiriendo los desmanes y las injusticias que día a día transpiran los muros del penal. La sociedad colonial, racista y miserable que leí, estudié y critiqué, la encontraba desnuda frente a mí. Por curiosidad izquierdosa me acerqué aquel día y cuánto me indignó saberme acomodado desde un salón de clases, a la vez que estos centenares de seres habitan en el olvido sin casi ninguna resonancia en la preocupación colectiva.

     Muchos prejuicios suscitó el hecho de que trabajara en un penal: “será que te gusta que te roben” “olvídate de esa gente”; y precisamente por eso es que el crimen (apresado) cambia de generación y no de rostro. Son pobres (cada vez más jóvenes) por montón, buscando ser alguien en un mundo trazado por el armamento, la droga, el consumo, la competencia y la falta de alternativas socio-culturales y educativas de ingreso y reconocimiento real. No se trata de aplaudir el delito, sino de situarlo en una realidad profundamente desigual y deshumanizante.

     Caes preso, queda un sufrimiento y una madre  que como puede visita y colabora con un mínimo ingreso para sobrevivir; ya no eres nadie para el mundo extramural.

Yare 2

     Algo que inquieta es la necesidad de hacer consciente que si bien,  tanto para los procesos políticos de derecha e izquierda, el asunto delincuencial obstaculiza su visión de mundo, la diferencia reside en que, mientras las políticas de seguridad conservadoras tildan de terrorismo todo lo que se aleje a su norma y por lo tanto el primero y último abordaje es la criminalización y encarcelamiento de los pobres y la privatización de la seguridad; para una propuesta más humana y sensible al problema de base, la persecución del crimen concreto debiera tener como telón de fondo un mejoramiento de las condiciones de vida (no son charlas de motivación al logro, son alternativas de participación, reconocimiento e ingreso, que se deben crear).

     Sin embargo, en el marco de la humanización penitenciaria que gesta este proceso revolucionario, algo que perdura en el ámbito político y el imaginario colectivo suele ser ese precepto carcelario de minimizar la capacidad de los privados de libertad a opinar, crear,  proponer soluciones, denunciar (en el día a día y no en el desespero de la huelga de hambre, autosecuestro, etc.) la falta de atención, y para mostrarse como sujetos de transformación y construcción, que pueden dar aportes a la humanización penitenciaria y social.

     Bien sabemos que mediante este proceso político se ha tejido una brecha que nos ha permitido cuestionar los valores de consumo, los discursos  [securitarios] “apolíticos” y una serie de elementos que entredicen la promoción de iniciativas que al hablar de revolución exclamen por otro mundo posible, por un nuevo hombre que emerja, no de los cómodos templos de la vida próspera; esos míseros recintos de los nadie debiera ser la punta de lanza de la transformación social, del hombre nuevo.

     Más aún, existen rasgos de la vida carcelaria que facilitarían esa necesidad revolucionaria; algo que noté al instante de comenzar a relacionarme en el penal, es la capacidad que se adquiere en ese recinto para resolver las cosas: sistemas eléctricos, alimenticios y habitacionales que responden a un ingenio y una necesidad increíble. La vida transcurre en una rutina donde “tienes que saberte conducir”, saber mirar, caminar, callar y hasta sufrir y dentro de todo, más allá del vicio, la paranoia de no despertar vivo y las balas merodeando escenas, se generan espacios de convivencia, respeto, solidaridad y humildad que, encontrarlos en la calle, a veces dificulta.

      La comida se comparte mi hermano, somos ocho con hambre, aza esa arepa que la picamos en ocho. Hay un herido, agarre ahí, coja aguja, échele cera al pabilo y cosa. Sabes de artesanía, pues diga cómo es la vuelta y así hacemos dinero unos cuantos. Te llegó la libertad, tome dinero pa’ que no se vaya limpio, no lo queremos por estos lados nuevamente: aplausos, disparos al aire y gloria a Dios; y mil maneras de resolver el hambre, la crisis y el desamparo de manera COLECTIVA.

      ¿Cómo fracturar una gris rutina, rescatando ese sentido de colectividad y de lucha y masificando un proceso de paz, consciente, político?

     Hoy en día, en los centros penitenciarios existen  modos de vida que desarman a aquellos que por las armas decidieron figurar en el colectivo y la prensa local; estos modos remiten básicamente a la iglesia evangélica, pero cabría responderse: es necesario, para que la revolución cale en la organización, la socio-producción y la capacitación (y no en la mayor cantidad de biblias distribuidas), que a la deuda privativa con la sociedad se le cobre con formación y práctica sociopolítica, y a la sociedad en general (y los quince y último del poder específicamente) y su historia de cambio que escribe, deban conocer, aprender e intercambiar con quien aprende a luchar por la vida y la libertad, resistiendo y viviendo rodeado por el olvido y la muerte. 

     Y como alude Frantz Fanon: 

…esos desclasados van a encontrar, por el canal de la acción militante y decisiva, el camino de la nación. No se rehabilitan en relación con la sociedad colonial, ni con la moral del dominador. Por el contrario, asumen su incapacidad para entrar en la ciudad salvo por la fuerza de la granada o del revólver.  Esos desempleados y esos subhombres se rehabilitan en relación consigo mismos y con la historia (p. 120, Los Condenados de la Tierra).    

      En pocos días inauguran Yare tres y luego vendrá, Yare cuatro, cinco, seis y no pare de contar sino acotamos las desigualdades sociales que, una de ellas apunta a desconocer el potencial que un privado de libertad tiene para proponer suturas a las llagas sociales, vividas mucho antes de haber nacido (algunos calculan 500 años).

Yare 3

 

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