Espejos – Eduardo Galeano

Dos textos extraídos de la “historia casi universal” escrita por Galeano en su libro Espejos.

Aquí los dejo para que ustedes saquen sus propias conclusiones.

 

 

Cien flores y un solo jardinero

En China, en los últimos años de Mao, cometía traición a la patria quien se atreviera a comprobar que la realidad era como era, y no como el Partido mandaba que fuese.

Pero en otros tiempos, Mao no había sido el que terminó siendo. Cuando tenía veintipocos años, él proponía una síntesis de Lao Tsé y Carlos Marx, y se atrevía a formularla así: La imaginación es pensamiento, el presente es pasado y futuro, lo pequeño es grande, lo masculino es femenino, muchos son uno y el cambio es permanencia.

Por entonces, había sesenta comunistas en toda China.

Cuarenta años después, la revolución había conquistado el poder, con Mao a la cabeza. Ya no había mujeres caminando a duras penas con sus pies atrofiados por mandato de una tradición atroz, ni parques donde los carteles advertían: “prohibida la entrada a chinos y perros”.

La revolución estaba cambiando la vida de la cuarta parte de la humanidad y Mao no ocultaba sus divergencias con las costumbres heredadas de Stalin, para quien las contradicciones no eran pruebas de vida ni vientos de historia, sino molestias que sólo existían para ser eliminadas.

Mao decía:

–La disciplina que asfixia la creatividad y la iniciativa debe ser abolida.

Y decía:

–El miedo no es solución. Cuanto más asustado estés, más fantasmas vendrán a visitarte.

Pero duró poco la floración.

En 1957, el Gran Timonel puso en práctica su Gran Salto Adelante, y anunció que muy pronto la economía china iba a humillar a las economías más ricas del mundo. A partir de entonces, la divergencia y la duda fueron prohibidas. Era obligatorio creer en los números que los burócratas mentían para no perder el empleo o la vida.

Mao sólo escuchaba los ecos de su voz, que le decían lo que quería escuchar. El Gran Salto Adelante saltó al vacío.

 

El emperador rojo

Tres años después del Gran Salto Adelante, estuve en China. Nadie hablaba del asunto. Era secreto de estado.

Vi a Mao rindiendo homenaje a Mao. Parado en las alturas del pórtico de la Paz Celestial, Mao presidía el inmenso desfile que la inmensa estatua de Mao encabezaba. Mao, el de yeso, alzaba la mano, y Mao, el de carne y hueso, le respondía el saludo. La multitud ovacionaba a los dos, desde un océano de flores y globos de colores.

Mao era China, y China era su santuario. Mao exhortaba a seguir el ejemplo de Lei Feng y Lei Feng exhortaba a seguir el ejemplo de Mao. Lei Feng, el joven apóstol del comunismo, de existencia más bien dudosa, pasaba los días dando consuelo a los enfermos, trabajando para las viudas y regalando su comida a los huérfanos, y en las noches leía las obras completas de Mao. Cuando dormía, soñaba con Mao, que en los días guiaba sus pasos. Lei Feng no tenía novia ni novio, porque no perdía el tiempo  en frivolidades, y ni se le pasaba por la cabeza la idea de que la vida pudiera ser contradictoria y la realidad, diversa.

 

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