Antes de la técnica está el corazón

Crítica al cine venezolano

 

 

 

 

 

 

Los primeros que se interesaron por el cine provenían del ilusionismo y el teatro, la magia y el encanto por la vida, luego los rusos escribirían la teoría básica llevándola a la práctica con obras colosales, en medio de un efervescente clima político; y ni qué decir de la exploración surrealista y del neorrealismo de post guerra. Sin embargo, ¿cuánto de esa humanidad exaltándose por la humanidad existe en el cine, en estos tiempos de electroshock y mass medias, en estos tiempos de caducidad humana?

Es cierto que mucho cine se ha hecho desde el invento del cinematógrafo, pero también es cierto que no a todos nos interesa todo lo que se ha hecho. Una gran industria surgió, sobre todo en los Estados Unidos, a principios del siglo XX, hundiendo en el sótano la pasión creadora y la libertad del arte, a su vez que enalteciendo una y otra vez lo que los productores querían: imaginación encausada, guiones sensibleros, discriminadores y con fines financieros, políticos y bélicos.  Esto no podía ser de otra manera, si detrás estaban los banqueros, las mafias.

Eso lo sabemos todos o casi todos. Pero, si lo sabemos, me pregunto, ¿por qué hacemos un cine tan falso, con tantas imposturas, tan distante de lo que realmente somos como pueblo, como venezolanos? ¿Dónde está la frescura del venezolano, dónde está la magia del sincretismo religioso, del sincretismo de las razas y del sincretismo del pensamiento que somos? ¿Por qué nos cuesta tanto permitirnos reír como reímos, llorar como lloramos y hasta matar como matamos?

Parece que el peso de la cultura impuesta, más el de la incultura también impuesta es demasiado como para que los cineastas se permitan inspirar a todo pulmón la realidad que los rodea. Pareciera que entre el cine que se quiere hacer y el cineasta que lo quiere hacer, estuviera de por medio una pared de intereses, de petróleo, de miedo absurdo, que bloquearan el acercamiento sensible a la realidad. Pareciera que el cineasta de hoy pasara más tiempo escogiendo los equipos técnicos con los que va a trabajar, que realizando la paciente labor de vivir el mundo que le interesa, de investigarlo, con el fin de despojarse poco a poco de todo lo que le impide ver más claro el tema que lo motiva. Y, mucho antes de pensar en el tema de una obra cinematográfica, hay que decir que el cineasta es un ciudadano más que vive cada instante como cualquier otro, y que su obra será la síntesis de lo que sus ojos miren y dejen de mirar día a día, de su relación con el mundo. Un cineasta sin calles y personajes en su alma será como un perro mudo ante las aves rapaces que vienen por él.

En la ficción, País portátil, Compañero de viaje, Jericó, y en el documental, La Ciudad que nos ve, El domador, sólo por mencionar los trabajos que recuerdo por ahora, fueron acercamientos sinceros a un pueblo, una manera de vivirlo y de sentirlo. Pero no fueron sinceros porque lo que mostraron sea exactamente lo que es la realidad, fueron sinceros porque los realizadores de estos trabajos hablaron desde sus entrañas a través de la cámara. Pero, ¿cuántas películas no se han hecho que son inspiradas por intereses banales, enalteciendo de una manera muy poco artística y hasta desvergonzada lo popular, la esencia de nuestro país? ¿Cuántos cineastas de pasarela se internan hoy en día en el corazón del pueblo? ¿Dónde están los cineastas de hoy, viviendo, oyendo, caminando al ritmo del pueblo, o están soñando al pueblo desde apartamentos en Miami u oficinas ubicadas en zonas vigiladas de las urbes?

¿Qué hizo grande a Tarkovski, a Fellini, a Godard, a Kubrick o a Kurosawa, acaso no fue la exploración del alma de la cultura que les tocó vivir? El cine sólo fue un sinfín de recursos técnicos que estos realizadores utilizaron para expresar el aluvión de sentimientos que la realidad les despertaba, pero, estoy seguro, que si estos cineastas hubiesen nacido en la época de Homero, hubiesen hecho lo mismo, como rapsodas, haciendo estallar las plazas públicas. Por eso digo, antes de la técnica, está el corazón.

Por Miguel Guédez

Publicado en la revista Se mueve, N°1.

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