Aforismos de Lichtenberg (traducción Juan Villoro)

J000000Jueves502012 29, 2008

Lichtenberg (1742-1799)

 

*

Vivimos en un mundo donde un loco produce muchos locos, pero un sabio sólo unos cuantos sabios.

*

El primer paso de la sabiduría: criticarlo todo; el último: soportarlo todo.

*

Los espíritus libres y racionales son cuerpos leves, que vuelan siempre adelantados y reconocen las regiones donde al final también llegará el cuerpo compacto y pesado de los ortodoxos.

*

Si un hombre puede enloquecer no veo por qué no puede hacerlo una teoría.

*

Para ver algo nuevo hay que hacer algo nuevo.

*

No hay que decir “hipótesis”, menos aún “teorías”, sino formas de representación.

*

Lo que es superficial seriamente puede ser profundo cómicamente.

*

Es evidente que no puedo decir que nos irá mejor con un cambio, pero sí que para mejorar debe haber un cambio.

*

El fuego calienta nuestros inviernos y alumbra nuestras noches: sin embargo, para ello debemos usar velas y antorchas. Incendiar casas es una forma nociva de alumbrar la calle.

*

Aquel hombre trabajaba en una historia natural para clasificar a los animales según sus excrementos.

Había establecido tres categorías: cilíndricos, esféricos y pasteliformes.

*

En la actualidad se incluye a las mujeres hermosas entre las virtudes de sus maridos.

*

Se movía tan despacio como un minutero en una multitud de secunderos.

*

Cuando tenía que usar su razón era como si alguien que siempre ha usado la mano derecha tuviera que usar la izquierda.

*

Me parece imposible demostrar que somos la obra de un ser superior y no el pasatiempo de uno bastante defectuos.

*

He notado claramente que tengo una opinión acostado y otra parado.

Anuncios

Antes de la técnica está el corazón

J000000Sábado562011 29, 2008

Crítica al cine venezolano

 

 

 

 

 

 

Los primeros que se interesaron por el cine provenían del ilusionismo y el teatro, la magia y el encanto por la vida, luego los rusos escribirían la teoría básica llevándola a la práctica con obras colosales, en medio de un efervescente clima político; y ni qué decir de la exploración surrealista y del neorrealismo de post guerra. Sin embargo, ¿cuánto de esa humanidad exaltándose por la humanidad existe en el cine, en estos tiempos de electroshock y mass medias, en estos tiempos de caducidad humana?

Es cierto que mucho cine se ha hecho desde el invento del cinematógrafo, pero también es cierto que no a todos nos interesa todo lo que se ha hecho. Una gran industria surgió, sobre todo en los Estados Unidos, a principios del siglo XX, hundiendo en el sótano la pasión creadora y la libertad del arte, a su vez que enalteciendo una y otra vez lo que los productores querían: imaginación encausada, guiones sensibleros, discriminadores y con fines financieros, políticos y bélicos.  Esto no podía ser de otra manera, si detrás estaban los banqueros, las mafias.

Eso lo sabemos todos o casi todos. Pero, si lo sabemos, me pregunto, ¿por qué hacemos un cine tan falso, con tantas imposturas, tan distante de lo que realmente somos como pueblo, como venezolanos? ¿Dónde está la frescura del venezolano, dónde está la magia del sincretismo religioso, del sincretismo de las razas y del sincretismo del pensamiento que somos? ¿Por qué nos cuesta tanto permitirnos reír como reímos, llorar como lloramos y hasta matar como matamos?

Parece que el peso de la cultura impuesta, más el de la incultura también impuesta es demasiado como para que los cineastas se permitan inspirar a todo pulmón la realidad que los rodea. Pareciera que entre el cine que se quiere hacer y el cineasta que lo quiere hacer, estuviera de por medio una pared de intereses, de petróleo, de miedo absurdo, que bloquearan el acercamiento sensible a la realidad. Pareciera que el cineasta de hoy pasara más tiempo escogiendo los equipos técnicos con los que va a trabajar, que realizando la paciente labor de vivir el mundo que le interesa, de investigarlo, con el fin de despojarse poco a poco de todo lo que le impide ver más claro el tema que lo motiva. Y, mucho antes de pensar en el tema de una obra cinematográfica, hay que decir que el cineasta es un ciudadano más que vive cada instante como cualquier otro, y que su obra será la síntesis de lo que sus ojos miren y dejen de mirar día a día, de su relación con el mundo. Un cineasta sin calles y personajes en su alma será como un perro mudo ante las aves rapaces que vienen por él.

En la ficción, País portátil, Compañero de viaje, Jericó, y en el documental, La Ciudad que nos ve, El domador, sólo por mencionar los trabajos que recuerdo por ahora, fueron acercamientos sinceros a un pueblo, una manera de vivirlo y de sentirlo. Pero no fueron sinceros porque lo que mostraron sea exactamente lo que es la realidad, fueron sinceros porque los realizadores de estos trabajos hablaron desde sus entrañas a través de la cámara. Pero, ¿cuántas películas no se han hecho que son inspiradas por intereses banales, enalteciendo de una manera muy poco artística y hasta desvergonzada lo popular, la esencia de nuestro país? ¿Cuántos cineastas de pasarela se internan hoy en día en el corazón del pueblo? ¿Dónde están los cineastas de hoy, viviendo, oyendo, caminando al ritmo del pueblo, o están soñando al pueblo desde apartamentos en Miami u oficinas ubicadas en zonas vigiladas de las urbes?

¿Qué hizo grande a Tarkovski, a Fellini, a Godard, a Kubrick o a Kurosawa, acaso no fue la exploración del alma de la cultura que les tocó vivir? El cine sólo fue un sinfín de recursos técnicos que estos realizadores utilizaron para expresar el aluvión de sentimientos que la realidad les despertaba, pero, estoy seguro, que si estos cineastas hubiesen nacido en la época de Homero, hubiesen hecho lo mismo, como rapsodas, haciendo estallar las plazas públicas. Por eso digo, antes de la técnica, está el corazón.

Por Miguel Guédez

Publicado en la revista Se mueve, N°1.


Juan Goytisolo

J000000Sábado292010 29, 2008

“Una cultura es la suma de las influencias que ha recibido a lo largo de la Historia. No hay una esencia pura. Todos somos gozosamente mestizos y bastardos”.

Juan Goytisolo.


Nietzche

J000000Viernes362010 29, 2008

*

“No soy lo bastante estúpido para un sistema –ni siquiera para mi sistema”.

F.N


Último round

J000000Miércoles072010 29, 2008

Toda la tecnología del mundo + toda la ignorancia del mundo + todo el sexo sin sentido del mundo + todo el mundo queriendo lo suyo y sólo lo suyo entre todo el mundo + todos los imbéciles anormales tercos que creen que ellos y sólo ellos son los que tienen la verdad de la vida y que los demás, que son los más, deben de oír, cagar, maldecir, amar, como ellos, como los imbéciles que ríen día y noche en la tv, haciendo todas esas morisquetas patéticas, demostrándole a los desconocidos y ausentes televidentes que es posible odiar y vociferar de la manera más baja y desgraciada sobre los demás seres humanos, sin que pase absolutamente nada, hasta el infinito + tiranitos de pacotilla, de supermercado + mujercita con cilicone en el cerebro que toma las decisiones sobre los asuntos públicos + pusilánimes, tetas flojas, enclenques, lameculos del dios de la envidia y la banalidad + andróginos bisexuales trans-portadores de vih + vph + cpu + lombrices en el cerebro de los ojos marchitos de la angustia empozada en las entrañas destrozadas por la bilis negra petrolera derramada en los océanos ya casi muertos de miedo por el electrochock que le aplican a la abuela de tarzán en el capítulo 5 donde chita es follada por un rayo que no era Zeus quien murió de envidia y apagó el televisor y se acostó a dormir hasta el próximo capítulo + la niña raptada en Ciudad Juárez violada asesinada d—e-s–c-u-a—r-t-i-z–a-da en el callejón oscuro de la pobreza, ese que cruza con la esquina de Wall Stret y el Journal BBC, por donde se desemboca en la cloaca blanca o bien llamada por los que saben White House.
Tanta mierda que gobierna el mundo + tanto santo en los manicomios + tanto niño viejo en las cárceles + tanta prostitución en las oficinas privadas y públicas + tanta cloaca abierta en las bocas + tanto delirio producto del ocio fétido más no fecundo + tanto metal corroído plástico anime vidrio pitillo zapato pupitre pudriéndose bajo tierra sepultado a plazo fijo hasta que la tierra implote y se haga millones de estrellas fugaces en el universo de lo desconocido.
Después de todo, sí nos queremos.


No hay ideas revolucionarias

J000000Sábado442010 29, 2008

La revolución es la vida misma. Los conceptos, los ideales y las teorías, no son revolucionarios; son sólo adornos colgando del árbol de la vida.

Respirar, sembrar, sonreír, maldecir, sobrevivir al caos, eso sí es revolucionario. Y, al ser revolucionario en sí mismo, no hace falta decir que es revolucionario.

En pocas palabras, como este escrito no tiene ningún sentido, hasta aquí llega.


¿Yo? Ensayo sobre la tecnología y la desintegración del ser

J000000Domingo572010 29, 2008

Por Miguel Guédez

¿Yo?


En el mundo actual las barreras para acceder a la información están desapareciendo. Podemos, en casi cualquier lugar, estar informados, comunicados, conectados, aunque estemos solos. La tecnología actual ha creado la sensación en el hombre de interactividad, sacrificando el desplazamiento físico y temporal. Esto parece indicar que habitamos un no-tiempo y un no-espacio, condiciones que generan una especie de satisfacción que implica tenerlo todo, sin tener nada. La información y la comunicación siempre están a disposición gracias a la Internet, los mass media, y la tecnología; no hace falta viajar a la biblioteca del Vaticano para saber aproximadamente algo sobre un tema religioso; tampoco se visitan a los seres queridos con tanta frecuencia, porque se pueden ver y oír por video conferencias en Internet, o contactar con una simple llamada telefónica. MacLuhan cree que la electricidad destruye la individualidad y genera  violencia. “El individuo privado no se siente cómodo en condiciones eléctricas. Está demasiado cercano a los demás individuos y pierde su identidad. Es un hombre en la multitud, no es nadie, y debe luchar para demostrar que es alguien. Por tanto, a más electricidad mayor violencia. La gente no lucha porque odie a los demás, sino para demostrar que posee una identidad propia”.

Como el mismo Macluhan advirtió que el medio y no su contenido es el mensaje, debido a las condiciones de vida que establece un reproductor de sonido, un carro, una tv, etc…, no puedo dejar de pensar en las amputaciones que ha sufrido el hombre por cada invento tecnológico, hasta creer, sin ningún sentido ficcional, que pronto podríamos llegar a ser vegetales dependientes de una máquina como muchas obras literarias y cinematográficas nos han revelado. Todos los inventos tecnológicos son una extensión de nuestros sentidos o de nuestro cuerpo, así McLuhan comenta que “la rueda es una extensión del pie; el traje, una prolongación de la piel, y el alfabeto fonético, una extensión del ojo que implicó el paso de hombre oralmente tribal al hombre visual”. Podríamos decir que las computadoras son una extensión de la razón del hombre, la amputación de esta. La computadora es un sistema para procesar y almacenar información, por tanto, es una extensión de nuestros procesos de razonamiento y de nuestra memoria. Y, al sentirse el hombre un minusválido racional ante la computadora, se subordina a esta.

La computadora vendría a suscitar la amputación del deseo de salir a conocer el mundo real, ya que se puede tener todo en casa. La amputación del deseo sería como una castración del instinto. Ambos, instinto y deseos, se manifiestan físicamente, pero si se está atado a una máquina, ¿cómo se exteriorizan esas manifestaciones y ante quién? ¿Acaso se queda el instinto y el deseo rebotando como una pelota que alguien arroja contra una pared a falta de otro jugador?. “La referencia al cumplimiento de fantasías fabulosas mediante la técnica moderna, deja de ser una mera frase cuando se le añade la sabiduría añeja de que la satisfacción de los deseos rara vez va en bien de quien desea”, sentenció T. Adorno refiriéndose a la influencia de la televisión, en 1952-53.

Podríamos decir que deseamos en base a una artificialidad que concebimos y no en base a una realidad que vivimos. Hemos sustituido el mundo concreto por el mundo de las apariencias. Y cuando queremos volver al mundo real, lo construimos como si fuera un simulacro, un engaño, porque en el engaño vivimos. ¿Entonces, qué sentido de utilidad tenemos en la sociedad, cuando ya las cosas ni siquiera cambian, porque son constantes? Porque podemos estar siempre y nunca dejar de ser. Y el ser humano necesita el vacío, el no–ser, para recordar que es. Vivimos en una hiperexcitación del ser. El ser multiplicado al infinito, y en ese caos centelleante, desaparecemos.

En una entrevista que le hicieran al poeta cubano Roberto Fernández Retamar, él acusó: “tener que recordarles, a los consumidores de esos idiotas medios porno (no medio porno: porno y pico) que los hombres y las mujeres son bellos, y que el cuerpo humano es una fuente de satisfacción y alegría, es otra muestra de la mediocridad de nuestra época. Me trae a la mente lo que se cuenta de aquellas comunidades en que los jesuitas tocaban una campana ciertas noches para recordarles a los indios que debían tener relaciones sexuales. La aparente sobresensualidad de nuestra época lo que revela es una pobreza de sensualidad muy grande”. Ante la decadencia de la sensualidad, de la ensoñación, del erotismo, impera “un gusto por el acercamiento abstracto a los fenómenos”, como dijera Bonnefoy. A lo que Cioran dice que “no podemos formular abstractamente algo que debemos sentir”. Y Pessoa remata “el corazón, si pudiese pensar, se pararía”.

En el Libro del desasosiego Fernando Pessoa dijo: “Nos quedamos pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso”. Y en estas andamos, navegando en el mundo de la información, en “una magia sin encanto que no comunica ningún enigma, sino que corresponde a modelos de comportamiento conformes no sólo al peso del sistema total, sino también a la voluntad de quienes lo controlan”, sentenció T. Adorno hace medio siglo. Pero, ¿qué pasa cuando nosotros hacemos la cultura, como sucede con el fenómeno de los blogs? ¿Acaso esta posibilidad de crear un espacio virtual de información, es sinónimo libertad? Podemos, culturalmente, es decir, a través de una obra literaria, de una obra cinematográfica, sacudir el mundo, ponerlo a parir por la herida, pero ¿algo cambia fuera de esa ficción? Mientras algunos escriben cuentitos y fantasías de abolir las leyes y convenciones, estas están sanas y salvas, respirando sin ningún problema, en los pulmones del ogro imberbe del Estado, conservador de plantas del status quo.

Cambiar algo realmente, implica entenderlo de otro modo primero, y no se entiende si no se pasa por la acción, por la confrontación con la realidad. Luego, en la calma posterior a la acción, deviene el entendimiento, aunque inconsciente sea. No confundamos entender con saber. Esta es una época de gente que sabe. Es la época de la información. No hay tiempo para entender debido a la velocidad, la saturación y lo efímero de la información. Pero, ¿para qué cambiar, para qué tomarnos la molestia de la transgredir algo? Se execra al que pretende transformar la realidad, se lo toma por loco, pero en el fondo se le adora y se le cela, porque se atreve.

En estos tiempos el sentido de libertad se ha vuelto confuso. El acceso a la información ha dado a la gente poderes sobrenaturales y así lo sienten. MacLuhan advirtió que no hace falta tener carro para estar inserto en la cultura del automóvil, por ende, no hace falta tener computadora o tv para vivir en un mundo culturalmente dependiente de esta tecnología que genera a cada instante más y más información. El carro provocó las carreteras, los avisos, las señales de tránsito; la tv trajo consigo gente extraña a la casa que pronto se convirtió en nuestra familia, y pasamos horas riéndonos con ellos, sufriendo con ellos, y ellos no son ellos, son una representación de ellos. Y sin embargo, para nosotros, son ellos. Un ejemplo básico es la gente que se cuenta al día siguiente la novela. No hablan de lo que pasó en la novela, hablan directamente de lo que le pasó a fulanita o a sultancito. Los tratan de ellos.  El computador sintetizó todos los medios, absorbiendo y postrando tanto al ser humano, que hay quienes han pensado en la teología del asiento eyectable, es decir, quédate donde estás y cágate encima si quieres.

Ajá, muy bien, ¿y ahora? ¿De tanto que existe, qué escogemos? Podemos pasar horas y horas buscando un programa de tv que nos interese, o una información en una página web que nos de alguna satisfacción. Somos libres de buscar, somos libres de perder el tiempo rastreando algo que no sabemos muy bien qué es y qué beneficio podrá traernos. En vez de reagrupar nuestras fuerzas, nuestras ideas, las dispersamos. Habitamos los lugares sin sentirlos, sin transformarlos, porque siempre estamos en otro lado, siempre estamos en una “búsqueda”. Y mientras la gran parte de la humanidad está perdida en los meandros del ciberespacio o de los mass media, poquísimas personas están decidiendo a puerta cerrada el destino de la humanidad.

La humildad desaparecerá, porque todos creerán tener la razón, porque todos pueden tenerla sino la tienen, sólo bastará prender un aparato y contrastar inmediatamente lo que nos han dicho o lo que hemos visto (como “Quién quiere ser millonario”, si no sabes, recurres al comodín de la tecnología). Así que, ¿para qué oír, observar, atender una realidad externa, si puedes atender la realidad que te proyectan hacia el interior, y en esa caja oscura vivirlo todo? Vivirlo todo sin protagonizar nada, porque se vive en una interacción con máquinas, y las máquinas no te dicen “¡bien, vas muy bien!”, ni te dan una palmada en el hombro. Y peor para quienes viven esa realidad y nunca son conscientes de que la viven, porque creerán por siempre que así es la vida, morirán pensando que vivieron, y de algún modo sí, pero no. No serán si quiera como los “surrealistas” que soñaron con el inconsciente creador, algo falso, porque en realidad estaban conscientes de la inconsciencia, que para ellos era más un juego a disparar rápido con las palabras.

La información nos has hecho consciente de atroces realidades, de cómo en nombre de la humanidad se llevan a cabo las guerras más despiadadas. Ser consciente del sufrimiento a nivel mundial de los seres humanos, nos lleva a sentir que cambiar algo en nuestras proximidades no tendrá ninguna repercusión positiva. Es saberse insignificante. La guerra mundial la tenemos en nuestra propia casa día a día, a través del televisor, del Internet; vivimos con la guerra, nacimos con esta, la conocemos, la padecemos conscientemente, y en el inconsciente cabalga sin dirección alguna el temor; ¿vamos a querer problemas en nuestros predios más directos, si sabemos que el mundo estalla en todas partes, que el mundo es un caos? Entonces es mejor no buscar más problemas de los que ya hay, y en esa conformidad vive el hombre. Se ha vuelto una mascota de los medios, de la tecnología, dócil, indiferente, como si viviera en otro planeta donde no pasa nada, y es ese silencio, ese sentimiento de culpa por no hacer nada, el que en el fondo lo atormenta, porque el hombre es por naturaleza un ser cambiante, pero el hombre reniega de su naturaleza, postrándose en una fatua comodidad, esperando que el tiempo pase, y que las bombas caigan siempre bien lejos de él.

Cioran dijo en una ocasión: “el hombre nació para vivir como los animales… y se lanzó a una aventura que no es natural, es extraña, con que ya no tiene un marco definitivamente fijado. Pero esta aventura del hombre es anormal, se vuelve necesariamente contra él. El hombre, que es, a pesar de todo, un animal genial, tiene el destino del tipo que se lanza a algo fantástico, pero paga las consecuencias que de ello se derivan, porque es demasiado excepcional para que la cosa acabe bien. Sigue una ruta que ha de conducirlo por fuerza a la ruina… Esto no es pesimismo. Yo nunca he afirmado la nulidad del hombre. Sólo, que, a mi juicio, el hombre siguió un mal camino y no podía dejar de hacerlo”.

La era de la razón, del método cartesiano, ha fracasado, llevó al hombre a creerse idea de tanto pensarse a sí mismo.  Muertos ya todos los dioses, desprestigiados todos los sistemas, disminuidos y subyugado el “yo” por el hombre–masa, del cual nos habla Ortega y Gasset en la Rebelión de las masas, se han abierto las compuertas de un tiempo donde el hombre cree comunicarse con el origen, con la esencia, con el todo, sin esforzarse mucho gracias a la tecnología. Un compañero de trabajo se sorprendió una tarde al ver este mensaje de un amigo en su Messenger: “Yo no rezo, tengo el PIN de dios”. Recordemos que “un PIN (Personal IdentificationNumber o Número de Identificación Personal en castellano) es un valor numérico usado para identificarse y poder tener acceso a ciertos sistemas o artefactos, como un teléfono móvil o un cajero automático”, según la Wikipedia. Este usuario de Internet nos demuestra con esa frase el poder que cree haberle conferido “estar en red” y poder “tener acceso” a lo que sea. Si se cree que Dios es el Todo, indivisible, infinito, conocedor y atento de lo más mínimo; tener contacto con él vía Internet debe ser una como una epifanía electrónica; información infinita, más poderosa que el mar, porque no concibe horizontes, y como no concibe horizontes, se asemeja a Dios. ¿Y qué pasa si creemos que Dios, que el Todo está a nuestro alcance? Pues nos paralizamos. Basta de inventarnos tonterías, ya Todo está aquí en la Internet, en la tv, en la radio, en las Vallas, en la información.

¿En qué creemos ahora? ¿En nada? El desconcierto nos invade, la sensación de que no hay salida, y de que la historia lo demuestra, es inevitable. Cioran también comenta que quien conoce la historia no puede ser optimista con el futuro. Y ya algunos teóricos de la inteligencia artificial como Hans Moravec nos aseguran tranquilamente que estamos a punto de entrar en un universo “postbiológico” en el que formas de vida robóticas capaces de pensar y de producirse independientemente “se desarrollarán hasta convertirse en entidades tan complicadas como nosotros”. Pronto, insiste, “descargaremos nuestros deseosos espíritus en la memoria digital o en cuerpos robóticos y nos libraremos de una vez de la débil carne”. De algún modo, ya el computador nos ha librado de la carne, al introducirnos en el mundo virtual, olvidamos nuestro cuerpo. Cuerpo que volvemos a recordar cuando los ojos ya no aguantan el brillo de la pantalla o la espalda se va en picada hasta el dolor. Sin embargo, Thomas Hine, en su libro Facing Tomorrow:
What the Future Has Been, What the Future Can Be, cree que teorías como la de Moravec no son más que cuentos sobre el presente que nos contamos a nosotros mismos: “un intento de dar a nuestras vidas un significado y una teatralidad que trasciendan la inevitable degradación y muerte de la persona. Queremos que nuestras historias nos lleven a alguna parte y lleguen a un final satisfactorio, pero no todas lo hacen”. Mark Dery, en su libro Velocidad de escape nos dice que: “Poner nuestra fe en un deus ex machina de final de siglo que haga innecesario enfrentarse a los problemas sociales, políticos, económicos y ecológicos, que claman por soluciones, es una jugada final peligrosa”.

Asistimos a una época en la cual la lógica ha pasado a ser: desparezco, luego soy. Nos ausentamos de la realidad, pero pasamos a ser parte de la virtualidad, como es el caso del Facebook o, en caso inverso, la tecnología ha pasado a ser parte de nosotros, con la biotecnología.

Hemos dejado de asistir al mundo para que el mundo asista a nosotros. Es interesante recordar que para crear la tecnología que nos ausenta de la realidad, que nos amputa la voluntad, ha sido necesario extirpar los recursos naturales de una manera desmedida, al mismo tiempo que se ha contaminado casi irreparablemente nuestro planeta. Entonces, pareciera que el hombre está preparando su partida definitiva de la tierra, para asistir como protagonista a una realidad encerrada en una pantalla o en otra modalidad virtual. En su ensayo, Prólogo a la televisión, T. Adorno hace un planteamiento base para lo que ocurre hoy día: “la meta, la de poder repetir en una imagen suficiente, captable por todos los órganos, la totalidad del mundo sensible, este sueño insomne, se ha aproximado mediante la televisión y permite, de consuno, introducir en este duplicado del mundo, y sin que se lo advierta, lo que se considere adecuado para reemplazar al real”. Así parece ser nuestra actual realidad, un “sueño insomne”, la cual atravesamos con las botas de la credulidad, pero que ha llevado al hombre a bañarse en el mar de la fantasía condicionada.

M. Mcluhan en su libro CONTRA–EXPLOSIÓN, abrió una ventana para mostrarnos  el mundo moderno:

La metrópoli es hoy un aula y los anuncios

publicitarios sus maestros. El aula tradicional es

una cárcel anticuada, una mazmorra feudal.

la ciudad

es obsoleta

PREGUNTE A LA

COMPUTADORA

Es la urbe lo que el LSD al idiota electrónico;

es decir, el fin de todas las metas, objetivos

y puntos de vista.

El hombre debería volver a descubrir el mundo, pero sin los medios electrónicos. Debería salir de su cueva vertical, y adentrarse en la selva nuevamente y volver a comer gusanos, bachacos. El hombre podría construir su casa nuevamente entre los hombres, no entre  el miedo vestido de luz artificial y cerrojos baratos; no entre el hastío de lo breve por su rapidez, sino entre la extensión trágica de la vida, vivida a plenitud. Renacer constante; rehacer constante; no como pretenden enseñarnos en esta era de ideas finitas, estos escombros que respiramos. No. Las ideas son elásticas, se fusionan y multicolorean, pero un hombre no es tampoco una idea, y ese es otro mal. Creerse abogado, pintor, soldador, presidente, es saberse muerto, saberse acabado; hay que ser todos, jugar todos los juegos, vivir todas las vidas, transmutar todas las veces. Y me refiero es al sentido de sentirse capaz de serlo.

Tal vez algún día volvamos a la vida tribal e imitemos nuevamente a los animales, pero libres de los satélites, libres de la instantaneidad virtual, libres de esta jaula sin barrotes en la que nos hemos condenado; tal vez volvamos a ser hombres y mujeres, en otra era.